Cada paso era surrealista, como salir del tiempo y entrar en un mundo que pertenecía más al pasado que al presente. Las enredaderas se arrastraban por muros antiguos, abrazando estatuas de dioses olvidados, con sus rostros encerrados en un juicio eterno.
La cámara de Gabriel colgaba libremente de su cuello, pero por primera vez en mucho tiempo, estaba más interesado en absorber el momento que en capturarlo. El templo, aunque erosionado por el tiempo, era magnífico. Sus tallas de piedra, que representaban dioses, demonios y criaturas míticas, contaban historias de antiguas batallas y reinos olvidados.