La lucha había terminado en segundos. Sombra no mató al otro lobo, no tuvo que hacerlo. Un salvaje mordisco en el cuello hizo que el lobo con cicatrices se desplomara, con la cola metida entre las patas. No volvería a desafiarlo.
La manada lo entendió. No habría muerte esta noche. La tensión en el aire cambió. Algunos lobos giraron la cabeza. Otros bajaron la cola en señal de aceptación silenciosa. La decisión de Sombra era absoluta.